Patagonia Náutica
Historia de la región
Primeros habitantes
Los Chonos
La conquista española
El último bastión de las fuerzas realistas
En 1540, el español Alonso de Camargo avistó por primera vez las islas insulares de América. Trece años después, Francisco de Ulloa pasaría navegando por el archipiélago. Algunos años más tarde, en 1558, Alonso de Ercilla, el autor de los famosos versos de “La Araucana”, llega hasta el seno del Reloncaví, cruzando a una de las islas del frente aunque sin llegar a Chiloé ni al archipiélago. Francisco de Villagra llegó en 1563 y expedicionó algunas islas de Quinchao.

A 27 años del inicio de la conquista de Chile, en 1567, comienza el proceso de conquista de Chiloé. Por orden del gobernador Rodrigo de Quiroga, el Mariscal Don Martín Ruíz de Gamboa y Avendaño atraviesa el canal de Chacao para incorporar a Chiloé a los territorios de la corona española. El junto a sus más de cien españoles que, contemplaron atónitos una geografía marítina desmembrada, tan distinta a los paisajes de su península. Fundaron en una meseta la ciudad principal Santiago de Castro, en honor al apóstol Santiago. La provincia fue rebautizada con el nombre de Nueva Galicia, por el nacimiento gallego del Mariscal, término que no prosperó quedando en el uso social la voz huilliche Chiloé para la eternidad.

El mismo año de 1567, para afianzar el dominio tan reciente se crean las villas de San Antonio de Chacao y Tenaún. Posteriormente, desde el siglo XVIII se fundan las villas de San Carlos de Ancud, San Carlos de Chonchi y Santa María de Achao. Las fundaciones ocuparon sitios que primitivamente ocupaban los grupos nativos, aplicándose una influencia en todos los niveles socioculturales: en la religión, en la lengua, en el pensamiento, en la convivencia.

En los dos primeros años de la conquista de Chiloé (1567-1568), junto a los expedicionarios, vienen las Ordenes Religiosas: los Franciscanos y los Mercedarios, que durante la segunda mitad del siglo XVI, ejercieron su misión para divulgación y conversión de los aborígenes al Cristianismo. En 1608 aparece una nueva congregación para la tarea de misionar y culturizar: los Jesuitas, que serían los artífices de la religiosidad chilota desde ese instante hasta la formación de la identidad insular.

Establecieron la misión circular como el método más efectivo, visitando año a años las capillas o pueblos, de a pié y en piraguas, manteniendo vivo el pensamiento cristiano y reforzándolo en misas, confesiones, procesiones, bautizos, comuniones, casamientos. Construyeron los templos en sectores de mayor agrupamiento indígena dando origen a las distintas comunidades. Iniciaron las celebraciones religiosas de los santos patronos, instaurándose la identificación de cada capilla con su patrono de devoción particular, en lugares que en el futuro serían cientos. También crearon escuelas en Castro, Achao y Chonchi.

Estas labores trascendentales de evangelización,
se mantuvieron en el tiempo, incólumes ante la expulsión de la Orden Jesuita en 1767, dejando estos aportes hasta el presente. Desde esta fecha, la cristiandad chilota es responsabilidad de los Franciscanos venidos desde Perú. Ellos continúan su acción de fe, que en los comienzos realizaron los primeros Franciscanos, los Mercedarios y Jesuitas.

Desde la fundación de la primera ciudad chilota, hasta fines del siglo XVI, Chiloé estaba integrado al proceso de conquista americano, en una relación frecuente con Chile central. Pero ocurrió un hecho histórico que distanció al archipiélago del resto del continente: la rebelión araucano-huilliche que destruyó las ciudades al sur de Concepción, eliminando todo vestigio de ocupación española. Situación coincidente con la llegada de corsarios holandeses que se aliaron con los indígenas, en contra de los españoles residentes en Santiago de Castro. Conflicto que confirmó la destrucción de la ciudad el año 1600.

Estos hechos produjeron un aislamiento geográfico cultural, acentuado por la condición de Isla, lo que gestó un nuevo tipo de vida, con identidad propia. Entonces Chiloé pasó a constituir un enclave, una cultura chilota y mestiza, que en el XVIII se diferencia nítidamente dentro del continente latinoamericano, con sus particulares pergaminos históricos y tradicionales; con su concepción de vida ligada al mar y a la tierra de islas.